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sábado, 20 de diciembre de 2008

La lucha la erotiza...






Por ahí uno se tienta a ser irónico, a comentar en tono de chacota declaraciones que moverían primariamente a la risa si uno fuera un observador lejano, sin compromiso alguno con el destino argentino. Como nos pasaría a nosotros leyendo un cable que nos cuenta que los gemelos polacos, ultraconservadores, llegaron al poder en su país luego de hacerse populares de chicos apareciendo en una película. O acerca de los príncipes de Brunei y su gusto por las esclavas sexuales europeas. Algo lejano, en fin, que motiva un comentario al pasar, y a otra cosa. Al fin estamos tan lejos y conocemos tan poco esas realidades, y aunque es válido aquello de "nada de lo humano me es ajeno", la realidad indica que valoramos de distinto modo los estropicios si son lejanos o si su impacto nos salpica.



Pero aquí no podemos alegar lejanía ni indiferencia. Y difícilmente pueda uno mantener la sonrisa a poco que piense que estas declaraciones fueron hechas por quién es, técnicamente y hasta que no se demuestre lo contrario, la principal referente de la oposición, en cuanto fue la segunda candidata mas votada a la Presidencia de la Nación, el año pasado.



Si, es cierto. Si uno lee a Elisa Carrió diciendo que "la batalla me erotiza", es probable que tengas el reflejo autodefensivo de reirse. Al fin, toda vinculación con lo erótico y esta mujer resulta tan difícil que uno piensa que es un asunto privado de ella, pero que en homenaje a nuestra salud estomacal debería cuidarse de difundir.



Pero cuando uno sigue leyendo y descubre que dijo que sería divino que Cristina Kirchner quedara viuda, la sonrisa se congela. Mas allá de que Carrió hace de la irresponsabilidad cívica un compromiso militante, hay cosas que superan la capacidad de asombro. Al final, lo dijo hace un par de días y la reacción pública ha sido casi nula. La posibilidad mala sería un estado de anestesia general, en el que alguien a quién la sociedad puso en un estadío de responsabilidad, sino funcional, por lo menos moral, pueda decir cualquier cosa sin que a nadie se le mueva un pelo. La buena sería que a nadie se le mueve un pelo precisamente porque lo dijo Elisa Carrió quién a fuerza de palabras va logrando, en términos políticos, "cavar su propia lápida" (Menem dixit). Claro que sería interesante imaginar que construcción hubieran hecho los grandes medios si cualquier figura del oficialismo hubiera insinuado la conveniencia del deceso de Elisa Carrió.



Carrió dijo todo esto, no desparramada en el diván de su analista, sino ante una audiencia calificada (y en algún sentido, incalificable): los miembros del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas los que, entre risas y aplausos, y sin pruritos republicanos, festejaron las barbaridades de su invitada.



El final incluyó un asumido compromiso: "garantizo que pueden contar conmigo para buscar cualquier salida" aunque también les pidió paciencia para no volver al 55 o al 76. Paciencia. Lo que se le pide a quién tiene un derecho que no se puede ejercer integramente de momento, pero que ya encontrará su hora. Paciencia entonces, que de ser perdida por estas buenas gentes nos llevará de nuevo al 55 o al 76. "Y bueno, perdieron la paciencia..." podrá decir entonces Carrió.



Al lado de esto, que haya dicho que López Murphy la acompañará en la provincia de Buenos Aires, o que Patricia Bullrich será su ministra de Seguridad en 2011, pueden parecer datos menores.



No se si este es un límite. En las patologías psiquiátricas, o en las avanzadas antidemocráticas, se arrollan todos los límites. Así que habrá mas, sin duda.

jueves, 7 de agosto de 2008

Desafío en Bolivia


Bolivia se acerca a un vórtice definitivo en el que se saldarán las contradicciones y profundas diferencias entre facciones centenariamente en pugna en la nación del norte.
El plebiscito revocatorio instrumentado por el gobierno de Evo Morales ha sido una jugada arriesgada, pero políticamente brillante, para desmadejar la maniobra que venían llevando adelante los prefectos opositores de las provincias orientales.
En efecto al poner su propio cargo, y el de los demás mandatarios surgidos del voto popular, a disposición de la decisión soberana de los bolivianos, Evo dio un fuerte golpe deslegitimatorio al proceso que llevaban adelante los gobiernos provinciales de Tarija, Santa Cruz, Pando y Beni, y que apuntaba a la secesión de esos territorios. El acto electoral del domingo próximo debe dejar en claro, según toda evidencia, que la mayoría absoluta del pueblo boliviano respalda el proceso revolucionario llevado adelante por Evo Morales, y que los plebiscitos efectuados previamente en las provincias rebeldes fueron realizados en condiciones que no permitieron garantizar a todos los electores la posibilidad de expresar su voluntad con garantías suficientes.
Pero esta jugada, que deja sin aire a la pretensión de los secesionistas, encierra el peligro lógico de que estos abandonen todo viso de respeto a la legalidad y se lancen ya sin tapujos al golpe de Estado. El desafío que enfrentan Evo Morales y el pueblo de Bolivia es enorme, pues así lo ha sido también la trascendencia de su victoria y las implicancias que tendrá ese proceso para los sectores tradicionalmente dominantes en nuestro vecino, en caso de confirmarse y profundizarse a partir de la reforma constitucional que se avecina.
Bolivia tiene un historial trágico en golpes de estado que le permite destacarse en tal sentido, aún en el marco de su pertenencia a un subcontinente de escasas credenciales democráticas. La etapa que se vivió desde 1982, con el fin de las dictaduras militares, presentó en principio características similares a la de muchas naciones sudamericanas en las que se ha vivido un relativamente prolongado período de normalidad constitucional, con gobiernos tan obedientes a los dictados de Washington y de los organismos internacionales de “crédito”, que las fuerzas que se valieron históricamente de los golpes militares para imponer sus condiciones, parecieron no necesitar de tales actividades. En el caso de Bolivia, país históricamente esquilmado por sus oligarquías antinacionales y antipopulares, el proceso fue particularmente doloroso y culminó con la presidencia de Gonzalo Sánchez de Lozada, un boliviano tan transnacionalizado que se expresaba penosamente en castellano, pero pensaba fluidamente en inglés. Durante su segundo mandato, este mimado por la prensa internacional alineada con los intereses de la banca y el gran capital, terminó de granjearse el odio del pueblo boliviano con el proceso de desnacionalización gasífera, vendiendo su producción a Estados Unidos y México, en un escenario en el que la mayoría de la población cocinaba a leña.
2003 fue a los bolivianos lo que 2001 a los argentinos, terminando de revelar a quién aún no quería verlo el verdadero rostro de las recetas neoliberales que el Consenso de Washington tenía para ofrecernos. La reacción hidalga de un pueblo al que siglos de explotación no han despojado de su orgullo y dignidad, inició un proceso que terminó catapultando al Palacio Quemado al primer presidente boliviano perteneciente a sus pueblos originarios. Un indio, en fin, para decirlo con las palabras que sonaron con asco en boca de la Bolivia blanca y aún rubia, que existe y que es la que concentra la riqueza, como socia de los tradicionales esquilmadores de los recursos de ese pueblo.
Evo es parte de un proceso transformador que abarca a Latinoamérica, y que mas allá de los méritos y errores de los líderes que en Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador, Paraguay y Uruguay encabezan esos procesos, demuestra antes que nada la voluntad de los pueblos de cambiar un destino de sumisión, que parecía escrito para siempre. En el caso particular de Bolivia, el desafío es particularmente difícil, tal como va quedando en evidencia en el transcurrir de los días y de las horas últimas.
Todo lo que allí ocurre es trascendente para nuestro país, en más de un sentido, por lo que sin duda no puede adoptar, y no adoptará, la actitud de un observador pasivo del proceso boliviano. Argentina es hoy un socio importante de Bolivia, y su condición, además, de estado limítrofe haría que cualquier desastre político o humanitario que afecte a ese país, sacuda a nuestra frontera norte.
El firme apoyo del Mercosur, y fundamentalmente de Argentina, Brasil y Venezuela es clave para que Evo Morales y los bolivianos resistan el desafío; el golpe a una nación sudamericana es un golpe a todos los procesos transformadores. Chávez siempre en la mira de los Estados Unidos y de sus socios locales, ya recibió y enfrentó exitosamente desafíos como el que ahora afecta a Bolivia. De otra clase, pero con inspiradores parecidos, ha sido el clima destituyente que se pretendió instalar en nuestro país.
El último proceso secesionista exitoso que afectó a Sudamérica fue en 1903, y terminó con la separación de Panamá de la República de Colombia. Como en cada calamidad política sufrida por la América hispana, el accionar de los Estados Unidos fue decisivo para que así ocurriera. Hoy no ya Bolivia, sino todos los americanos al sur del Río Grande afrontamos este desafío.