Mostrando entradas con la etiqueta PRO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PRO. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de diciembre de 2008

Un Año Ya...




Cuando Mauricio Macri fue electo Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires muchos pensamos que el escenario un año después de su asunción sería distinto al que hoy vivimos.

No digo de ninguna manera que sería mejor. Digo distinto.


Pensamos que en el proyecto de Macri esta jefatura es una escala técnica hacie el premio mayor, la Presidencia de la Nación, en pos de la cual iría en 2011 si las condiciones le eran favorables. Siendo así, supusimos que procuraría una gestión que disimulara las características mas antipopulares de un proyecto ideológico que supone un regreso aggiornado a los '90. Que intentaría una gestión caracterizada por la eficiencia, según entiende la derecha ese concepto y que la idea, fuertemente impulsada durante la campaña electoral, de que en la ciudad no había en juego cuestiones ideológicas, sino que se trataba de administrar bien los recursos fiscales, iba a ser exhibida también como un valor de su gobierno.


Claro que, a partir de que la idea de que se puede gobernar sin ideología es falsa, siempre supusimos que Macri y los suyos tendrían que disimular algunas de sus concepciones para que el concepto "cool", lavado, casi distendido que se propuso en la contienda electoral pudiera sobrevivir a la hora de administrar recursos, elegir entre opciones, y tomar decisiones que inevitablemente traducen en la praxis la concepción del mundo y de la gente que tienen los que gobiernan.


Por eso digo que las cosas fueron diferentes. El gobierno municipal de Macri, al fin, se parece tantísimo al que uno podría imaginar de una gestión presidencial del hijo de don Franco. Y si no se parece mas es porque, afortunadamente, las cuestiones macroeconómicas, las relaciones exteriores, la defensa nacional, entre otras, no forman parte de las incumbencias del jefe de gobierno porteño.


Conviven en esta gestión una fuerte concepción ideológica para tomar decisiones en materia de política educativa, sanitaria, fiscal, cultural, de seguridad, de obras públicas, como en la cosmovisión que fija categorías de privilegios intocados para los mas poderosos económicamente respecto a los sectores medios y bajos de la población, con una notable ineptitud práctica que en algunos de los renglones antes señalados osciló entre el patetismo y la vergüenza.



Creo que lo que mejor define la opción ideológica del jefe de gobierno ha sido su actitud durante el conflicto agropatronal durante el cual, lógicamente alineado junto a la SRA, sus asociados y súbditos, proponía destrabar el conflicto mediante el diálogo, como instrumento de capitulación del gobierno nacional, y su posición ante los reclamos de diversos sectores de la comunidad (docentes, estudiantes, médicos, etc.) en su propia gestión, ante los cuales su vocación "cafetera" y dialoguista desapareció, siendo reemplazada por la absoluta intransigencia. Es decir solidaridad y apoyo al reclamo de los poderosos, desdén y hostilidad cuando los que piden son los sectores populares, los que por otra parte, reclamaban ante decisiones del propio Macri.


Desde las ciudadelas ideológicas en las que se encaramó Macri no se ha avanzado a la solución de ningún problema de la ciudad. En el marco de una notable subejecución presupuestaria sólo ha sido visible una compulsiva arremetida contra las calles de la ciudad en una tarea que no parece estar destinada primariamente al bacheo y al asfaltado sino a la recolección de adoquines, al cambio de veredas y a la facturación de metros de pavimento sin criterio visible de utilidad pública.


El invierno sin calefacción en las escuelas es una opción ideológica, el desguace de hospitales públicos es una opción ideológica, la suba de impuestos al consumo en medio de una incipiente recesión es una opción ideológica, la criminalización de la protesta es una opción ideológica, la conversión del Teatro Colón en un shopping es una opción ideológica...Así, el primer año de gestión de Macri en la Ciudad se cierra con dudas hacia adelante que su propia acción y la de los demás actores de la realidad porteña irán aclarando. El que viene es un año electoral y pese a lo antedicho no creo que hasta hoy haya razones para creer que el PRO vaya a dejar de ser primera minoría.


Entiendo que es el 40% de votos obtenidos en la primera vuelta de 2007 el capital que el macrismo debe aspirar a conservar para no mellar las aspiraciones presidenciales de su propietario. Y esa porción de los votantes se compone de un núcleo de personas con intereses similares a los de Macri y otro, clasemediero fundamentalmente, que sin los mismos intereses de clase que los de Macri, lo acompaña desde lo ideológico: para la concepción que ven en los empleados públicos una caterva de vagos, que cree que los reclamos de los trabajadores de la salud y de la educación se arreglarían mas fácil a garrotazos, que la salud y la educación públicas no son un problema para los que mandan a sus hijos a colegios y universidades privadas, y gozan de los servicios de la prepaga que pueden pagar, el PRO no ha hecho mal su gestión.


Las aristas preocupantes quizás sean la escasa capacidad de gestión exhibida, que se intentó excusar con victimización y quejas hacia en Gobierno Nacional (De la Rúa en el pasado tuvo éxito haciendo justamente eso) y sus avances en materia fiscal, que concluye el año con imposiciones al consumo. Esas sí pueden impactar a mediano plazo al núcleo duro de apoyos.

Claro que para el año que viene queda el recurso de recurrir a Gabriela Michetti, cuyo único desempeño público hasta ahora fue exhibir su rostro lánguido y piadoso en actos públicos y oficiar de traductora y exegéta ("Mauricio quiso decir...") de los discursos y declaraciones de Macri, cuyo slang "country" lo haría de otro modo inentelegible para el común de sus oyentes. Las encuestas darían a la Vice con capacidades diferentes ( y superiores a las de su jefe) como la figura política con mejor imagen en la Ciudad. Eso y volcar dinero en proyectos efectistas, dado que para los efectivos 2008 demostró que no hay capacidad, o interés en algunos casos, para encontrar soluciones.


Queda por ver para adelante el desempeño de los demás actores de la realidad política porteña, desempeño que no ha sido especialmente lucido hasta hoy, sobre todo de quienes nos representan a nosotros, a quienes nos reconocemos en las antípodas de la propuesta macriana. Aunque ese tema da para otro análisis, que por ahora quedará elaborándose.

martes, 2 de septiembre de 2008

Adiós a Mauricio Cafetero.


Durante el conflicto agropatronal, y mientras el país quedaba paralizado por centenares de cortes de rutas y otras actividades ilícitas llevadas adelante por la mano de obra voluntaria de la oligarquía sojera, Mauricio Macri tuvo un papel secundario. Ello no significó que dejara de acreditar su pertenencia al sector dispuesto a jaquear a la democracia en beneficio de su renta extraordinaria, ni que los legisladores pertenecientes a su partido dejaran de votar de acuerdo a esos intereses.
Pero fuera del foco principal del conflicto, el Jefe de Gobierno porteño tuvo oportunidad, no obstante, de lanzar una frase que apuntalara la imagen cool y descontracturada de la política que le diseñara Durán Barba, al señalar que él estaba dispuesto a servir el café si “las partes” se sentaban a superar diferencias. Desde la mirada de Mauricio, había partes equivalentes, y no por un lado la legitimidad del Gobierno y por otro un grupo económicamente poderosísimo llevando a cabo todo tipo de actos ilegales y en algunos casos delictivos para imponer su interés general al conjunto. Es que el conflicto de intereses no forma parte del menú público PRO, que en todo caso ve la sociedad dividida entre eficientes y no eficientes.
Claro que la versión del cafetero voluntario resultaba avalada por la gran maquinaria mediática, que no sólo consagraba la existencia de esas dos partes, sino que además establecía que era la obcecación de “los Kirchner”, en plena era del doble comando, el gran obstáculo a la superación del diferendo.
Varias lunas han pasado desde esas jornadas, la corporación sojera preservó con éxito sus rentas extraordinarias, para alegría propia y de ingente número de piojos resucitados que seguirán viendo la prosperidad ajena por televisión. La vida y sus conflictos siguen adelante y ahora Mauricio se cruza con el estudiantado porteño a raíz de las restricciones impuestas al otorgamiento de becas por el gobierno que encabeza.

Vuelve entonces Macri a ser hombre del partido del orden, y anuncia a través de su ministro del área, Narodowski, que no negociará mientras se mantengan las medidas de fuerza. No se le ocurre en este caso que “hay que sentarse a conversar”, ni para su fortuna, la prensa bienpensante sugiere que el problema es la obcecación de los gobernantes porteños. Aún más, anuncia la suspensión de clases en establecimientos tomados, restándole días al calendario escolar, cuando los propios reclamantes no incluyen en su medida de fuerza la interrupción de actividades. Una decisión con un cierto “déjà vu” al “ramal que para, ramal que cierra”…
Macri no otorga entidad a los quejosos, toda posibilidad de tomarse un cafecito con Mauricio parece quedar clausurada para siempre, y el reclamo pasa a tener un sospechoso trasfondo político. Justo el tipo de trasfondo que, si se alegaba durante el conflicto agropatronal, sólo servía como certificación de la paranoia oficialista. Pero que, sancionado por los adalides de la antipolítica, pasa a ser una tacha de ilegitimidad para la protesta.

Quizás valga preguntarse que cambió entre un conflicto y otro, no solo para que Macri pueda echarle esta mirada, sino para que el sentido común público, si es que tal entelequia existe, no reaccione sorprendido ante el doble rasero aplicado en casos separados por escaso período temporal.
Hay un elemento que no ha sido dicho públicamente, quizás por un resabio de corrección política, quizás porque el mago procura que no se le asomen los conejos por el bolsillo. Este es que “el campo”, otra entelequia exitosa, tiene derechos que el común de los habitantes del país no tiene. Provistos de caracteres fundacionales, anteriores a las instituciones democráticas, los grandes propietarios, agrupados en la Sociedad Rural Argentina y entidades afines, con el invalorable aporte de los medianos y pequeños millonarios de la FAA, tienen un derecho extralegal pero legítimo a reclamar como les plazca, a desconocer la legalidad si esta no va de la mano de sus intereses y a acatar la normativa en vigencia a partir del momento en que esta se ponga en línea con sus deseos.
De esta ventajosa situación estarían excluidos los otros sectores del país que, orgánicamente o a los ponchazos, luchen por sus derechos postergados o por reivindicaciones jamás atendidas. Esta visión macriana del conflicto, en línea con la concebida con los poderes fácticos y la propalada por los medios encargados de sorberle el coco a la población, se podría traducir con “a mas poder, mas derechos”. Y si los 4 Jinetes del Apocalipsis merecían toda la atención de los despachos oficiales a la hora de garantizar su exclusivo goce de las rentas extraordinarias, el reclamo de padres y estudiantes porteños que no podían invocar otro título que su pretensión de no ser excluidos del sistema, debía y debe ser rechazada como una intromisión en un nivel decisorio al que no tienen acceso.
Otra lectura posible sería que, por más que tampoco se lo verbalice, en el conflicto agropatronal, para el Jefe de Gobierno porteño, a los reclamantes les asistía la razón. Y en este otro entuerto, la razón está de su parte. Como corolario, el que tiene razón en su reclamo puede hacer lo que quiera para llevarlo adelante. Aún actos que sean violatorios de la ley, que afecten profundamente derechos de terceros, que perjudiquen a los bienes y a la economía familiar de las personas. De las otras personas. Es decir, aquello que está objetivamente vedado se puede hacer si subjetivamente un grupo social o económico decide que es admisible en defensa de sus intereses.
La óptica PRO ante el conflicto se resume en una combinación de ambas hipótesis: Como a más poder hay más derechos, solo pueden hacer, en defensa de sus intereses, aquello que le está vedado a los demás, los grupos más poderosos. Poderío que pueden residir en lo económico, lo cultural y aún en la detentación del poder más básico: el de la fuerza.
El ejercicio de ese poder, y la legitimación de esa supremacía por sobre los intereses del conjunto de la sociedad, es precisamente lo que desde siempre caracterizó a la oligarquía argentina. De la cual Macri, más allá de toda pretensión de modernidad, no es más que un nuevo rostro emergente.
Es por ello que la aparente bipolaridad en el tratamiento de los dos conflictos, no demuestra una incoherencia en la visión del hijo de don Franco: del descontracturado “Mauricio Cafetero” al adusto “Mauricio Preceptor” existe la distancia entre la defensa del interés propio, valor indoblegable en una visión economicista y egoísta del mundo, y el interés del conjunto, que puesto en manos de este personaje descansa tan seguro como las sardinas custodiadas por el gato.